MI HIJO YA NO ME CUENTA NADA: CÓMO VOLVER A SER ESE LUGAR SEGURO SIN FORZARLO

 

  Hay un momento extraño que muchas mamás notamos, pero del que pocas hablan: tu hijo ya no juega con peluches, pero tampoco quiere tener conversaciones adultas. Cambian sus gustos, sus respuestas, su forma de verte… y de repente, la maternidad se vuelve un territorio nuevo. ¿Cómo acompañarlos sin perder la conexión? ¿Cómo guiarlos sin invadir? 

Porque sí, de un día para otro, el niño que te contaba todo empieza a guardar cosas. Ya no te corre a buscar cuando tiene un problema. Ya no se emociona con tus ocurrencias ni te cuenta los detalles de su día. Y una parte de ti se asusta. Empiezas a preguntarte: ¿será que ya no confía en mí? ¿Dije algo que lo hizo cerrarse? ¿Estoy perdiendo el vínculo?

La verdad es que no estás sola. Es una etapa normal, pero eso no significa que no duela. Por eso, aquí te comparto lo que he ido aprendiendo: formas reales de seguir siendo un espacio seguro para nuestros hijos… aunque no nos lo pidan.

A veces no hablan, pero te observan todo el tiempo

Cuando dejamos de ser "el centro de su mundo", muchas veces creemos que ya no nos necesitan. Pero aunque no hablen tanto, ellos siguen atentos a todo: a cómo reaccionamos, a si estamos disponibles, a si respetamos sus silencios. Tu presencia, aunque parezca invisible, sigue marcando una gran diferencia.
En esta etapa, es importante demostrarles que no necesitas que hablen para amarlos. Estás ahí, incluso cuando ellos no saben cómo acercarse. No se trata de esperar sentada, sino de seguir estando: con tu cariño, con tu tono, con tus pequeños gestos. A veces una mirada tranquila o un “te hice tu desayuno favorito” es más efectivo que mil preguntas.

Crea momentos cómodos, no interrogatorios

Hay muchas formas de conversar sin que se sientan examinados. Los hijos suelen abrirse más en momentos inesperados: mientras cocinan contigo, mientras los acompañás al súper, en el carro con la música de fondo o en plena caminata.
Lo importante es que sientan que no los estás esperando para sacarles información. Si saben que pueden hablar sin que los interrumpas con juicios o sermones, volverán. No todo se trata de hacer preguntas directas como “¿cómo te fue?” o “¿qué hiciste hoy?”, a veces solo necesitan sentir que estás ahí, sin presionar.

Una buena idea es establecer rutinas donde siempre haya un espacio natural para conversar, como tomarse un chocolate juntos por la tarde o ver una serie sin celulares de por medio. El truco está en crear la oportunidad sin que parezca que estás forzándola.

No preguntes tanto… empieza por compartir algo tuyo

Muchos preadolescentes se cierran cuando sienten que todo gira en torno a lo que ellos deberían estar contando. Si tu hijo no quiere hablar, una buena forma de acercarte es bajarte de ese lugar de “madre que todo lo sabe” y ponerte a su nivel como persona.
Contale algo simple, algo que te haya pasado en el día, aunque sea tonto o divertido: “Hoy vi a una señora hablando sola en el bus, y pensé que yo podría ser esa en diez años…” Ese tipo de comentarios rompe el hielo y humaniza la relación. Les recuerda que tú también tienes un mundo propio, emociones, historias. Y cuando ven que tú confías en ellos para contarles cosas tuyas, es más probable que quieran abrirse también.

No se trata de hablar de tus problemas ni de llenarlos de cargas, sino de mostrarles que conversar puede ser algo natural, libre, sin presiones. Es un intercambio, no una obligación.

Cuidado con cómo reaccionas cuando finalmente hablan

Este punto es vital. A veces logran abrirse, te cuentan algo que les dolió, algo que hicieron, o incluso una pequeña confesión… y sin querer, los hacemos arrepentirse. ¿Cómo? Con frases como:
— “¿¡Y por qué no me dijiste antes!?”
— “¡Eso no se hace!”
— “¿Y cómo se te ocurrió esa idea?”

Aunque como mamás queramos corregir, proteger, prevenir… si tu hijo siente que cada vez que te cuenta algo va a recibir una reacción fuerte, se cerrará más.
La clave está en contener primero, corregir después. Si te cuenta que se peleó con alguien, que mintió, que está confundido o triste, lo primero es validar: “Gracias por contármelo. Me imagino que no fue fácil.” Luego, si hace falta, pueden conversar más adelante sobre lo que pasó. Pero en el primer momento, lo que necesitan es sentir que su valentía al hablar fue recibida con amor, no con juicio.

No esperes que vuelva a ser el mismo niño

Tal vez ya no te va a contar que se cayó y se raspó la rodilla, pero puede contarte que no se siente suficiente. Tal vez no quiera que lo abraces en público, pero necesita que le digas que estás orgullosa.
Tu hijo está creciendo, y eso significa que también cambia la forma en que te necesita. No lo tomes como rechazo. Están aprendiendo a tener una voz propia, a decidir qué comparten y qué no.
Tu tarea ahora es distinta: acompañar sin invadir, estar sin exigir, y observar sin angustiarte por cada silencio. Si antes necesitaban que los llevaras de la mano, ahora necesitan que confíes en que pueden caminar… pero que sepan que si tropiezan, tú seguirás ahí.

Hazte presente en lo cotidiano, incluso si no hay palabras

No todo vínculo se construye con grandes gestos. A veces el amor más profundo está en las pequeñas cosas. En dejarle una nota junto al almuerzo, en preguntarle si quiere que le laves su camiseta favorita, en recordar el nombre de su serie preferida.
Pequeños actos que no piden nada a cambio, pero dicen: “Sigo prestándote atención. Te sigo viendo.”
No subestimes el poder de esos detalles. Aunque no diga nada, lo recibe. Aunque no lo exprese, lo siente.

Estar… incluso cuando no parezca que hace falta

A veces el silencio de un hijo nos hace pensar que ya no somos necesarias. Pero hay una diferencia entre “no hablar” y “no necesitarte”. Ellos aún buscan ese punto de referencia. Aunque no te lo digan, quieren saber que estás. Que no te fuiste. Que no cambiaste solo porque ellos están cambiando.
No lo fuerces. No lo persigas. Solo mantente ahí. No hay nada más poderoso para un hijo que saber que su madre no se fue… ni siquiera cuando él empezó a irse un poco.

Una última cosa, de mamá a mamá

Si alguna vez sentiste que ya no sabes cómo acercarte, si te dolió ese cambio silencioso en tu hijo, si extrañas cuando te contaba hasta el color del cielo… quiero que sepas que no estás sola.
Es parte del crecimiento. Y no significa que lo estás perdiendo. Solo que está descubriendo su camino.
Tú sigue siendo ese lugar seguro. Ese hogar que no lo espera con reproches, sino con la luz encendida y el corazón abierto. Un día, cuando menos lo esperes, volverá a contarte algo. Tal vez pequeño, tal vez grande… pero será un paso. Y tú estarás ahí, como siempre.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

10 COSAS QUE NADIE TE CUENTA SOBRE LOS PRIMEROS DÍAS CON TU BEBÉ

¿A QUÉ EDAD EMPIEZA LA PREADOLESCENCIA Y QUÉ DIFERENCIAS HAY ENTRE NIÑAS Y NIÑOS?

PALABRAS BONITAS PARA LEER CUANDO SIENTAS QUE NO PUEDES MÁS