NO TENGO TIEMPO PARA MÍ (Y ME ESTÁ AFECTANDO MÁS DE LO QUE PENSÉ)

 



 Ser mamá a veces es como tener mil pestañas abiertas en la cabeza todo el tiempo. Estás pensando en lo que hace falta del súper, en las vacunas, en lavar la ropa, en el almuerzo, en que el niño duerma, y en todo eso que nadie más parece notar… Y en medio de tanto, tú te vas quedando al final de la lista. Lo más triste es que ni te das cuenta cuándo empezó a pasar.

Llega un punto en que te miras al espejo y no reconoces a la de antes. Te das cuenta de que no tienes tiempo ni para un baño tranquila, mucho menos para salir sola o hacer algo que de verdad te recargue.

Y sí, nos han hecho creer que eso es “ser una buena mamá”. Pero la verdad es que una mamá también necesita tiempo para ella misma. Porque cuando estás vacía, no puedes dar con ganas, ni con paciencia, ni con amor completo.

No siempre se puede tener grandes momentos de descanso, lo sé. Pero ojalá encuentres ratitos. Aunque sea 10 minutos con un café caliente. Aunque sea salir sola a la tienda sin tener que explicarle a nadie nada. Aunque sea encerrarte en el baño y respirar.

Porque tú también importas. No te olvides de ti.

Pero vayamos más a fondo.

Esto no se trata solo de “tomarte un rato”. Se trata de entender que el agotamiento no es una medalla. Que llegar al final del día con dolor de cabeza, sin ganas de hablar, sin espacio mental, no debería ser lo normal. Y sin embargo, muchas lo vivimos así.

Porque se espera tanto de nosotras, ¿no? Que estemos bien, que tengamos paciencia, que seamos organizadas, que no se nos escape nada. Que amemos incondicionalmente, que cuidemos sin pausa, que nunca perdamos el control.

Pero nadie habla de lo que cuesta eso. Nadie te dice que a veces sientes que no puedes más, pero igual sigues. Que algunas noches lloras en silencio porque sientes que no diste la talla, aunque lo diste todo. Que hay días en los que solo quieres que llegue la hora de dormir para tener un poco de paz.

Y en esa rutina, tú vas desapareciendo de a poco. Tus gustos, tus pasatiempos, tu cuerpo, tus planes, tu nombre.

Ya no eres “Mariana” o “Claudia” o “Sofía”. Ahora eres "la mamá de…". Y claro que amas ese rol con todo el corazón. Pero a veces duele que nadie recuerde que también eres una persona, con una vida propia.

¿Y si empiezas a volver a ti, de a poquito?

No, no es fácil. Nadie dice que lo sea. Pero a veces, el primer paso no es hacer grandes cambios, sino darte permiso. Permiso para incomodar un poco. Para decir “no”. Para pedir ayuda sin culpa. Permiso para estar cansada. Para sentirte agobiada. Para necesitar un respiro.

A veces, lo que más nos cuesta no es el agotamiento… sino la sensación de que no tenemos derecho a estar agotadas. Porque tienes salud. Porque tus hijos están bien. Porque “hay gente que está peor”. Y sí, todo eso puede ser cierto. Pero no invalida tu cansancio. Tener motivos para agradecer no significa que no estés pasando por mucho.

Así que hoy te quiero decir algo con todo el cariño del mundo: estás haciendo un trabajo enorme. Y no, no lo digo para halagarte de forma vacía. Lo digo porque es verdad. Porque lo veo. Porque lo vivo.

Sostener una casa, una crianza, una vida entera… mientras tú misma necesitas contención, apoyo y descanso, es muchísimo. Y si nadie te lo dice, yo te lo digo hoy: lo estás haciendo bien.

Tómate en serio. Cuídate como cuidas a todos los demás. No te pongas siempre de última. Porque tú también eres parte de esa familia que estás construyendo. Y si tú te vienes abajo, todo empieza a tambalear.

No esperes a colapsar para prestarte atención. No esperes a enfermarte para descansar. No esperes a sentirte vacía para recordarte que también tienes derecho a ser cuidada.

Porque tú también importas.
No te olvides de ti.

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