RUTINAS QUE ME AYUDAN A NO SENTIRME AHOGADA EN EL CAOS DEL DÍA A DÍA
Nadie te prepara para el ritmo agotador que trae la maternidad. Por más amor que sientas por tus hijos, hay días en los que la rutina te consume. Te levantás y desde el primer minuto ya hay ruido, pañales, meriendas, llantos, ropa regada, juguetes en el piso, preguntas sin fin, demandas constantes… y eso sin contar si además trabajás, cuidás la casa, o simplemente querés un momento para respirar. A mí me pasaba mucho: sentía que el día me atropellaba, que llegaba la noche sin haber hecho ni la mitad de lo que me propuse, y lo peor es que me iba a dormir con culpa. Hasta que empecé a entender que el problema no era “hacer más cosas”, sino organizar mi energía de una forma que me ayudara a no explotar.
No soy fan de los horarios rígidos, porque con niños pequeños eso casi nunca funciona como uno quisiera, pero sí empecé a notar que tener ciertas rutinas —cosas pequeñas, repetidas, que le daban estructura al día— me ayudaba a estar más tranquila. No hacían que todo saliera perfecto, pero reducían el caos, bajaban mi ansiedad y me permitían respirar un poco más hondo. Y eso, en la maternidad, ya es mucho.
Una de las primeras cosas que cambié fue mi mañana. Antes me levantaba corriendo cuando los niños ya estaban encima mío, y todo era caos desde el primer segundo. Ahora, aunque me cueste, intento despertarme al menos 20 minutos antes. No para hacer algo productivo, sino para tomarme un café en silencio, respirar, ver el cielo desde la ventana, pensar en lo que tengo por delante sin el ruido encima. A veces no lo logro, pero cuando lo hago, el día empieza diferente.
También me ha servido tener una rutina de orden mínimo en casa, nada exigente, pero suficiente para que no se me junte todo. Por ejemplo: poner una lavadora cada dos días, recoger la cocina antes de dormir, y guardar los juguetes con los niños antes de cenar. No es que la casa quede impecable, pero al menos no siento que todo se me vino encima de golpe.
Otra rutina que me sostiene es la del almuerzo sencillo y planificado. Yo solía sentirme mal por no cocinar “como antes”, pero me di cuenta de que una comida casera no tiene que ser perfecta para ser nutritiva. Cocinar en doble porción, dejar vegetales picados en la refri, tener un par de recetas fáciles para cuando estoy agotada… todo eso me ha ahorrado lágrimas innecesarias.
Con los niños, tener rutinas visuales o por bloques me ayudó muchísimo. Por ejemplo, dividir el día en tramos: mañana, tarde y noche, y en cada tramo tener una “actividad base” que ellos ya esperan: jugar libremente por la mañana, ver una película después del almuerzo, leer cuentos antes de dormir. No se trata de tener todo cronometrado, sino de que ellos también sepan qué esperar y yo no tenga que improvisar todo el tiempo.
Y algo clave: tener una rutina de cierre del día para mí. Nada muy elaborado. A veces es escribir un poco, otras veces simplemente darme una ducha larga, poner música suave, acostarme temprano o ver una serie que me gusta sin sentir culpa. Me repito mucho esto: aunque haya caos, merezco terminar mi día con algo que me reconecte conmigo.
No quiero que esta entrada se sienta como una lista de deberes, porque bastante tenemos ya. Cada casa es distinta, cada maternidad es distinta. Pero si hoy te sentís sobrepasada por la rutina, tal vez estas ideas te sirvan como punto de partida para crear las tuyas. Rutinas que te den calma, no que te ahoguen. Que se adapten a tu realidad y no al revés. Que respeten tu ritmo, el de tus hijos, y tus necesidades como mujer.
Porque al final del día, organizar no es llenar el tiempo, es cuidar tu energía. Y en este camino de ser mamá, tener una rutina que te sostenga no es un lujo, es una forma real de cuidarte.
Y siempre recuerda: lo estas haciendo bien.

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