¿QUÉ HAGO SI MI HIJO NO QUIERE COMER? GUÍA REAL PARA NO ENTRAR EN PÁNICO (NI EN GUERRAS)



 Hay pocas cosas que nos angustian tanto como mamás como ver que nuestro hijo no quiere comer. ¿Y si se enferma? ¿Y si se queda flaco? ¿Será culpa mía? ¿Será que no le gusta mi comida? ¿Será que algo anda mal?

Respira, mami. No estás sola. Esta etapa —porque sí, la mayoría de veces es solo eso: una etapa— la vivimos casi todas. Hoy te quiero compartir una guía amorosa, sin juicios ni recetas mágicas, con ideas que pueden ayudarte a atravesar esos días en que parece que la comida y los niños simplemente no se llevan bien.

1. ¿QUÉ TAN NORMAL ES QUE UN NIÑO NO QUIERA COMER?

Más normal de lo que creemos. De hecho, los pediatras explican que durante ciertos periodos, especialmente entre los 2 y los 5 años, el apetito de los niños disminuye notablemente. ¿Por qué? Porque su ritmo de crecimiento baja en comparación con los primeros años de vida, y su cuerpo simplemente no necesita tantas calorías. Esto no significa que estén mal, solo que su cuerpo está pidiendo lo que necesita… ni más, ni menos. No todos los días tendrán el mismo apetito, y eso está bien. Lo importante es mirar el panorama completo: ¿se mantiene activo? ¿juega? ¿duerme bien? Entonces, probablemente, todo está en orden.

2. OBSERVA EN VEZ DE FORZAR

Uno de los errores más comunes es convertir cada comida en una batalla, como si estuviéramos en competencia con el plato. La observación amorosa es clave. En lugar de insistir con frases como "¡come ya!" o "te lo tienes que acabar", pregúntate: ¿está cansado? ¿acaba de tomar leche o jugo? ¿le molesta el ruido o el ambiente? Tal vez no se niega a comer por capricho, sino porque hay algo detrás que aún no estás viendo. Observa sus reacciones con paciencia, sin juicios. A veces basta con cambiar el horario, el lugar donde come, o incluso dejarle más espacio sin presión.

3. EL TRUCO NO ESTÁ EN LA CANTIDAD, SINO EN LA CALIDAD

Tu hijo no necesita platos llenos hasta el borde para estar bien nutrido. Si elige comer solo tres cucharadas, pero esas tres cucharadas tienen proteínas, vegetales y algún cereal, está recibiendo lo esencial. Aprovecha lo poco que coma para ofrecerle comidas nutritivas: una cremita de verduras con aguacate, un arroz con lentejas y huevo, unas tortitas de avena con banano. Lo importante es cómo lo alimentas, no cuánto. Y si un día sólo quiere fruta, ofrécele variedad: papaya, kiwi, mandarina, uvas. Ellos escuchan su cuerpo, y su cuerpo les guía más de lo que pensamos.

4. NO LO OBLIGUES, NO LO CHANTAJES, NO LE SUPLIQUES

Esto es más difícil de lo que parece. Porque cuando se trata de su bienestar, nos desesperamos. Pero el momento de la comida no debe estar cargado de angustia ni emociones negativas. Frases como “si no comes, no hay tele” o “por favor, aunque sea por mí” terminan generando ansiedad en ellos… y en nosotras también. Comer no puede ser una obligación ni una herramienta de control. Cuanto más presión sienten, más resistencia generan. Recuerda que estamos formando su relación con la comida, y esa relación debería ser natural, no forzada.

5. HAZ QUE LA COMIDA SEA UNA EXPERIENCIA BONITA

A veces el problema no es la comida, sino el ambiente. Si hay gritos, distracciones, peleas o prisas, es difícil que un niño se relaje y quiera comer. En cambio, si convertimos la comida en un momento de conexión, en un ritual tranquilo, sin pantallas ni estrés, ellos lo reciben mejor. Un plato colorido, una conversación bonita, una mesa compartida… a veces eso es lo que realmente alimenta. Los niños comen mejor cuando se sienten seguros, vistos y parte de algo agradable. Prueba poner música suave, dejar que ellos sirvan su propia comida o elegir un mantel con dibujos divertidos.

6. DEJA QUE PARTICIPE

Involucrarlos puede cambiar completamente la dinámica. Desde dejarle escoger entre dos opciones ("¿quieres pasta o arroz?"), hasta pedirle que revuelva una mezcla, ponga los cubiertos o decore su plato. Cuando los niños sienten que tienen cierto control sobre lo que comen, se sienten más seguros. No se trata de que elijan todo, sino de darles voz y participación. Si el niño siente que su opinión importa, estará más dispuesto a probar, aunque no le encante. Y poco a poco irá ampliando sus gustos.

7. CUIDA LOS LÍQUIDOS ANTES DE LA COMIDA

Muchas veces creemos que no tienen hambre, pero en realidad están llenos de jugo, leche o snacks. Intenta no ofrecer líquidos (excepto agua) durante la hora previa a una comida principal. También es importante no dejar snacks cada media hora, porque entonces nunca llegan a tener hambre real. Un cuerpo lleno no siente necesidad de comer, aunque lo que tenga adentro no lo nutra tanto como una buena comida. El equilibrio está en ofrecer meriendas sanas en horarios específicos, no “picoteo” constante.

8. RESPETA LOS HORARIOS, PERO CON FLEXIBILIDAD

Los horarios ayudan a crear rutina, pero cada niño tiene su propio ritmo. Tal vez a tu hijo no le entra el desayuno a las 7 a.m., pero sí a las 8. Tal vez el almuerzo le da más hambre si juega antes. Sé flexible dentro de un marco que le dé orden. Y si un día no quiere comer, no hagas un drama. Ofrece algo más tarde, sin hacer comentarios negativos como “así vas a enfermarte”. La confianza también se construye dándoles espacio para escuchar su cuerpo.

9. ES UNA ETAPA… Y VA A PASAR

Tal como llegó, se irá. El rechazo a la comida no define su salud ni tu capacidad como madre. Los niños pasan por rachas. Hay temporadas donde no quieren ver verduras ni en pintura, y otras donde devoran todo lo que encuentran. Si nos mantenemos tranquilas y constantes, sin hacer drama, esta etapa pasará sin mayores consecuencias. Lo importante es no etiquetar (“es un mal comedor”) ni usar la comida como castigo o premio. Solo acompaña con amor, sin juicios.

10. CUANDO CONSULTAR

Aunque la mayoría de las veces no comer es parte del desarrollo normal, hay momentos donde es importante consultar: si ha bajado mucho de peso, si está decaído, si tiene ojeras marcadas, si rechaza casi todos los alimentos durante muchos días seguidos, o si vomita o presenta síntomas físicos cuando intenta comer. Escucha tu instinto, mamá. Si algo no te parece normal, confía en ti y habla con su pediatra. A veces un pequeño cambio (como una infección, estreñimiento o ansiedad) puede estar detrás.

La hora de la comida no debe ser un campo de batalla. No tienes que ganarte el amor de tu hijo a cucharadas. Solo necesitas acompañar, proponer, y confiar un poco más en su instinto. Ellos saben más de su cuerpo de lo que creemos.

Y tú, mamá… estás haciendo un trabajo increíble. Incluso si hoy volvió a dejarte el arroz intacto en el plato.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

10 COSAS QUE NADIE TE CUENTA SOBRE LOS PRIMEROS DÍAS CON TU BEBÉ

¿A QUÉ EDAD EMPIEZA LA PREADOLESCENCIA Y QUÉ DIFERENCIAS HAY ENTRE NIÑAS Y NIÑOS?

PALABRAS BONITAS PARA LEER CUANDO SIENTAS QUE NO PUEDES MÁS