MAMÁ PRESENTE VS. MAMÁ PERFECTA: ELIJO LA PRIMERA

A veces las mamás sienten que deben hacerlo todo bien:

Tener la casa ordenada, los horarios bajo control, los almuerzos balanceados, las tareas al día y los niños siempre felices.
Pero ¿quién puede con todo eso sin dejarse a sí misma en último lugar?

La verdad es que muchas veces no se llega a todo.
Y está bien.

Hay días en los que se grita, se olvida una tarea del colegio o se termina sirviendo cereal en la cena. Hay momentos en los que se contesta con impaciencia, en los que se quisiera tener más energía, más paciencia, más tiempo. Y no por eso se es menos mamá.

La mamá perfecta es una ilusión.
La mamá presente, en cambio, es real.
Es esa que escucha aunque no entienda del todo, que acompaña aunque esté cansada, que se equivoca pero siempre está dispuesta a reparar con amor.

A veces, lo más valioso no está en hacer todo “bien”, sino en estar.
En estar de verdad: con atención, con cariño, con disposición para aprender y volver a intentarlo.

Los hijos no recordarán si la casa estaba impecable todos los días.
Pero sí recordarán a esa mamá que se sentó en el suelo a jugar, que los abrazó fuerte cuando no sabían cómo explicar lo que sentían, que les enseñó —con el ejemplo— que equivocarse es parte de crecer.

No se trata de ser una mamá perfecta.
Se trata de ser una mamá presente.
Y eso, en el corazón de un niño, vale más que cualquier perfección.

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