CUANDO DE PRONTO YA NO QUIERE COMER

  

 Hay momentos en la maternidad y paternidad que nos toman por sorpresa. Uno de ellos es cuando, de repente, la hora de comer se convierte en una lucha. Hasta hace poco parecía que comía de todo, y de un día para otro llegan los “no quiero”, los labios apretados y las cucharadas rechazadas.

Si estás pasando por esto, quiero decirte algo importante: no estás sola y tu peque no es el único. De hecho, es una de las etapas más comunes en el desarrollo. Lo que necesitas es entender por qué pasa y cómo acompañarlo sin perder la calma.

Por qué de repente come menos

Pediatras y nutricionistas explican que a partir de los dos años el crecimiento se vuelve más lento. Si antes parecía que comía muchísimo, ahora su cuerpo necesita menos energía y el apetito baja. También es el momento en que empiezan a descubrir que tienen voz propia y quieren decidir, incluso sobre lo que comen. La comida se convierte en una de las primeras formas de decir “esto sí” o “esto no”.

Otra razón es que comienzan a desarrollar gustos y preferencias: puede que ya no quieran la papilla de antes, que algo les parezca muy ácido, que no les guste cómo se siente en la boca. Y, claro, también influyen las emociones: si están cansados, si hay algún cambio en casa, si empiezan la escuela… todo esto puede afectar el apetito por unos días.

Haz de la mesa un lugar tranquilo

Lo que más repiten los especialistas es que presionar o forzar solo empeora la situación. Cuando la hora de comer se vuelve una pelea, ellos asocian ese momento con tensión y el rechazo aumenta. Tu papel es ofrecer alimentos saludables y variados; el de ellos es decidir cuánto comer.

Un buen truco es servir porciones pequeñas para que no se sientan abrumados. Si terminan lo que hay en el plato, pueden pedir más. Y si no comen, no pasa nada: habrá otra comida más adelante.

Presentación que despierta curiosidad

Los niños comen primero con los ojos. Hacer que el plato sea atractivo puede animarlos a probar: cortar las frutas en formas divertidas, crear caritas con las verduras, servir por colores. Incluso puedes inventar nombres: el brócoli puede ser “árbol de superhéroe”, las zanahorias “varitas mágicas” y la sopa “caldo de campeón”. Lo importante es que se sienta divertido, no una obligación.

Invítalos a ser parte

A muchos niños les encanta ayudar. Deja que elijan entre dos opciones, que laven las frutas, que mezclen la masa o que pongan la mesa. Cuando sienten que participaron en la preparación, se entusiasman por probar lo que hicieron. Puede que ensucien un poco, pero ese desorden vale oro: están creando recuerdos positivos alrededor de la comida.

Rutina y horarios regulares

Tener horarios ayuda a que el cuerpo sepa cuándo esperar la comida. Si picotean todo el día o toman mucho jugo, es normal que lleguen sin hambre a la hora de comer. Trata de ofrecer meriendas pequeñas y deja que haya un espacio entre una y otra para que el apetito regrese.

Y si un día no quieren algo, no lo elimines para siempre. Los expertos dicen que a veces hay que ofrecer un alimento hasta 10 o 15 veces antes de que lo acepten. La clave es volver a intentarlo de manera relajada, sin presión.

Cuándo pedir ayuda

La mayoría de las veces esto es solo una etapa. Pero si notas que ha perdido peso, que se ve muy cansado, que su crecimiento se detuvo o que el rechazo es muy extremo y se prolonga por semanas, lo mejor es consultar con el pediatra o un nutricionista. Ellos pueden descartar problemas de salud y acompañarte con un plan personalizado.

Lo que más necesitan de ti

Más que amenazas o premios, necesitan sentir que la mesa es un lugar seguro. Que pueden probar, equivocarse, ensuciarse, decir que no y aun así sentirse amados. Algún día volverán a comer con más apetito y mirarás atrás agradeciendo haber acompañado esta etapa con paciencia.

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